Ridley Scott, un cineasta conocido principalmente por su dominio de la ciencia ficción distópica (Blade Runner) y el épico histórico (Gladiator), sorprendió al público en 2006 al cambiar radicalmente de registro con “Un buen año” (A Good Year). Basada en la novela homónima de Peter Mayle, esta comedia romántica es, en esencia, una carta de amor a la “dolce vita” francesa, un ejercicio de estilo que prioriza la atmósfera y la redención personal sobre la profundidad narrativa.
El retorno a las raíces
La trama sigue a Max Skinner (Russell Crowe), un despiadado y adinerado bróker de la City londinense cuyo único credo es el éxito financiero. Su vida, regida por la eficiencia y el cinismo, da un giro inesperado cuando hereda el viñedo de su difunto tío Henry en la Provenza francesa. Lo que inicialmente se presenta como un trámite rápido para vender la propiedad y regresar a la jungla de asfalto, se convierte en un proceso de desintoxicación vital.
El punto fuerte de la película es, sin duda, la química visual entre Scott y el paisaje provenzal. La fotografía de Philippe Le Sourd captura la región con una calidez casi onírica: los tonos dorados del sol sobre los campos de lavanda, la arquitectura rústica de piedra y el ritmo pausado de la vida rural sirven como el antídoto perfecto para el azul clínico y el ritmo frenético de las oficinas de Londres. Es una película que se siente, que huele a tierra mojada y a vino de calidad.
Actuaciones y el peso del cinismo
Russell Crowe, tras haber trabajado con Scott en Gladiator, demuestra una versatilidad notable. Aunque el guion a veces le exige ser una caricatura del ejecutivo arrogante, logra transmitir la vulnerabilidad necesaria a medida que los recuerdos de su infancia —recreados en flashbacks llenos de nostalgia— comienzan a derribar sus muros. A su lado, Marion Cotillard ilumina la pantalla como Fanny Chenal, una mujer local que encarna la integridad y el ritmo de vida que Max ha olvidado.
Sin embargo, no se puede ignorar que el guion de Marc Klein cae en lugares comunes del género. La transformación de Max es predecible, y el conflicto central —la llegada de una prima ilegítima (Abbie Cornish) que reclama parte de la herencia— es un artilugio narrativo un tanto forzado que busca añadir una tensión que la película, por sí misma, no necesitaba.
Valoración para TNN
Para la audiencia de TNN, Un buen año debe ser valorada como lo que es: una “película de confort”. No busca revolucionar el cine ni desafiar intelectualmente al espectador; su propósito es transportarlo. Ridley Scott utiliza esta película como un descanso, un paréntesis cinematográfico donde la prioridad no es la supervivencia humana ni la política, sino la apreciación de las cosas simples: una buena copa de vino, una comida pausada y la capacidad de dejar de correr para empezar a vivir.
En conclusión, Un buen año es una obra menor dentro de la filmografía de Scott, pero una notable dentro del género romántico. Es una película que no envejece mal porque su tema central —la búsqueda del equilibrio entre el éxito profesional y la paz personal— sigue siendo universalmente relevante. Si bien el guion tiene lagunas y momentos excesivamente sentimentales, la dirección artística y la elegancia técnica la elevan por encima de la media.
Es, en última instancia, una invitación a valorar el tiempo, esa moneda que, como descubre Max, no se puede comprar ni en el mercado más sofisticado del mundo.
Disponible para comprar o alquilar en Apple TV.
Calificación: ⭐⭐⭐⭐⭐



