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Lizzie Borden: el crimen que convirtió una casa en leyenda. Disponible en Netflix

Un crimen brutal, una heredera convertida en sospechosa y un juicio que terminó sin respuestas definitivas. Más de un siglo después, el misterio de Lizzie Borden sigue intacto.

Hay crímenes que desaparecen con el tiempo. Otros hacen exactamente lo contrario: se aferran a la memoria colectiva hasta convertirse en leyenda.

El caso de Lizzie Borden pertenece a esa segunda categoría.

El 4 de agosto de 1892, en Fall River, Massachusetts, Andrew Borden y su segunda esposa, Abby Borden, fueron asesinados dentro de su propia casa. Él tenía 70 años. Ella, 64. Ambos murieron a golpes y cortes producidos por un objeto que la investigación nunca pudo identificar de manera concluyente.

La principal sospechosa terminó siendo Lizzie, hija de Andrew y residente de la misma casa.

Y ahí comienza una historia que, más de un siglo después, sigue provocando la misma pregunta:

¿Fue Lizzie Borden una asesina que consiguió escapar de la justicia o una mujer atrapada dentro de una investigación incapaz de demostrar su culpabilidad?

La respuesta, como ocurre con los grandes misterios, no cabe cómodamente en una frase.

Una casa llena de tensiones

La familia Borden no vivía precisamente dentro de un cuento victoriano.

Andrew Borden era un hombre adinerado, aunque conocido por su carácter extremadamente austero. La familia habitaba una casa relativamente modesta pese a su posición económica. Lizzie y su hermana Emma eran adultas y vivían con su padre y su madrastra.

La relación entre las hijas y Abby aparentemente no era especialmente cercana. Existían tensiones familiares y económicas, aunque las interpretaciones posteriores sobre ellas han sido exageradas en numerosas reconstrucciones populares.

La mañana del 4 de agosto comenzó aparentemente como cualquier otra.

No lo fue.

Andrew regresó a casa alrededor del mediodía. Poco después fue encontrado muerto en el sofá de la sala.

Abby ya había sido asesinada en el piso superior.

La violencia de ambos crímenes conmocionó a Fall River.

Pero la historia todavía no había terminado de complicarse.

La sospechosa perfecta

Lizzie Borden tenía 32 años.

Era una mujer de una familia respetable, perteneciente a una sociedad en la que las expectativas sobre el comportamiento femenino eran particularmente rígidas. Una mujer podía resultar sospechosa por razones que hoy parecerían irrelevantes, mientras que determinadas evidencias podían ser interpretadas de manera muy distinta según el contexto social.

La policía comenzó a sospechar de ella.

Uno de los elementos que alimentó las sospechas fueron las inconsistencias y contradicciones existentes alrededor de sus declaraciones y movimientos durante aquella mañana.

También surgió una cuestión que se convertiría en parte fundamental de la leyenda: la ausencia del arma homicida.

Nunca apareció una prueba definitiva que vinculara físicamente a Lizzie con los asesinatos.

No hubo una confesión.

Tampoco hubo un testigo que pudiera afirmar haberla visto cometer los crímenes.

El caso se transformó entonces en una batalla entre circunstancias, testimonios y percepciones.

El juicio

Lizzie fue arrestada y posteriormente llevada a juicio en 1893.

La fiscalía intentó construir un caso basado principalmente en las circunstancias que rodeaban los asesinatos. Una de las piezas más conocidas fue el testimonio relacionado con el supuesto intento de Lizzie de comprar veneno antes de los homicidios.

Sin embargo, buena parte de esa evidencia fue considerada problemática o no suficientemente sólida.

El juicio recibió enorme atención pública.

La prensa convirtió a Lizzie en una figura casi novelesca. Para algunos periódicos era una mujer fría y calculadora. Para otros, una hija injustamente acusada.

El contraste resultaba irresistible para la prensa de la época.

Una mujer de clase media, dos cadáveres, una casa cerrada, una familia dividida y un crimen brutal.

Parecía escrito para convertirse en leyenda.

El 20 de junio de 1893, después de deliberar durante aproximadamente una hora y media, el jurado declaró a Lizzie Borden no culpable de ambos asesinatos.

Y con esa decisión nació otro misterio.

¿Inocente o simplemente no demostraron su culpabilidad?

Aquí conviene separar la historia de la mitología.

Que Lizzie Borden fuera absuelta significa que el Estado no consiguió demostrar su culpabilidad más allá del estándar exigido por el tribunal. No significa que históricamente se haya demostrado quién cometió los asesinatos.

Y tampoco significa que la absolución resolviera el misterio.

Nunca apareció una prueba definitiva que identificara al verdadero responsable.

Durante las décadas posteriores surgieron innumerables teorías. Algunas apuntaron hacia Lizzie. Otras hacia Emma. También aparecieron hipótesis relacionadas con conflictos familiares, dinero, empleados y personas externas a la familia.

Ninguna consiguió cerrar definitivamente el caso.

Lizzie permaneció en Fall River hasta su muerte en 1927. Vivió relativamente aislada y mantuvo una existencia muy diferente de la caricatura creada por la prensa.

Pero la sociedad ya había construido su personaje.

La máquina de fabricar leyendas

Quizás lo más fascinante del caso Borden no sea solamente el crimen.

Es la transformación del crimen en cultura popular.

La historia sobrevivió gracias a periódicos, libros, películas, series, documentales y cientos de reinterpretaciones. Con el tiempo, la persona histórica comenzó a mezclarse con el personaje ficticio.

Incluso apareció una famosa rima infantil asociada al caso:

“Lizzie Borden took an axe…”

El crimen había dejado de ser únicamente un expediente judicial.

Se había convertido en un producto cultural.

Y aquí aparece una reflexión particularmente interesante para quienes vivimos rodeados de tecnología.

Hoy tenemos cámaras de seguridad, teléfonos, fotografías digitales, registros de ubicación, mensajes, metadatos, ADN y herramientas capaces de reconstruir acontecimientos con una precisión que habría parecido ciencia ficción en 1892.

Sin embargo, la tecnología no elimina automáticamente el misterio.

Lo que cambia es la cantidad de información disponible.

En el caso Borden ocurrió exactamente lo contrario: existía muy poca evidencia científica capaz de cerrar la investigación. El resto fue interpretación.

El verdadero legado de Lizzie Borden

Más de 130 años después, seguimos hablando de Lizzie Borden porque el caso reúne todos los ingredientes de un misterio perfecto: una casa, una familia complicada, dos asesinatos, una sospechosa polémica, un juicio espectacular y una pregunta que permanece abierta.

Pero quizá la lección más interesante sea otra.

La historia demuestra la diferencia entre sospechar, acusar y demostrar.

Lizzie Borden fue acusada.

Fue juzgada.

Y fue absuelta.

Lo demás pertenece al territorio mucho más resbaladizo de la interpretación histórica.

Tal vez Lizzie fue responsable.

Tal vez no.

Lo que podemos afirmar con certeza es que Andrew y Abby Borden fueron asesinados, que Lizzie fue acusada de ambos crímenes y que un jurado decidió que la evidencia presentada no era suficiente para condenarla.

El resto continúa viviendo en esa zona fascinante donde la historia se encuentra con la imaginación.

Y quizá por eso, cuando una casa guarda un secreto durante más de un siglo, siempre aparece alguien dispuesto a volver a tocar la puerta.

En el caso de Lizzie Borden, todavía estamos esperando que alguien responda.

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Vincent

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